Arthur Kermalvezen, concebido mediante donación de esperma, pasó años imaginando la identidad de su padre biológico. "Me imaginaba que podría ser mi profesor, la gente que veía en el autobús", explicó, "y me enfadaba mucho porque es imposible vivir así".
Cuando de adulto se enamoró de Audrey, otra mujer concebida mediante donación de esperma parisina, la incertidumbre se volvió urgente. Cuando ambos nacieron, solo había dos bancos de esperma en París y muchos hombres habían realizado múltiples donaciones, por lo que existía una posibilidad real de que fueran medio hermanos. Audrey describe su encuentro como "amor a primera vista", pero la pregunta era si se trataba de una conexión romántica o genética.
En Francia, solo un científico investigador, un médico o un juez pueden ordenar pruebas genéticas, y la posesión de un kit de prueba casera puede acarrear multas de más de US$4.288. Una ley vigente desde 1994 prohíbe que empresas como 23andMe, Ancestry y MyHeritage comercialicen sus servicios en el país. Los defensores de la norma sostienen que evita que datos genéticos sensibles lleguen a empresas comerciales y que resultados inesperados provoquen disputas familiares. Pero Arthur señaló que Francia es el único país de Europa que penaliza este tipo de pruebas.
Tras meses de búsqueda, la pareja encontró a un médico en el sur de Francia que, pagado en efectivo, les realizó una prueba genética que reveló que no estaban emparentados. Sin embargo, dudaban de la confiabilidad del resultado. Audrey, abogada especializada en bioética, decidió actuar dentro del marco legal, iniciando desde 2010 una serie de acciones judiciales contra el sistema francés para acceder a información sobre sus donantes. En 2015, el tribunal administrativo supremo de Francia rechazó su último recurso.
Poco antes del nacimiento de su primer hijo, un médico accedió a investigar información sobre sus respectivos donantes. Descubrió que habían nacido en años diferentes, por lo que no podían ser la misma persona. Tras años de resistirse, la pareja finalmente se hizo una prueba de ADN casera, que confirmó que no estaban emparentados. Los resultados también revelaron que Audrey compartía un donante biológico con Sophie, una mujer cuyo caso legal ella misma había defendido en los tribunales. Audrey y Arthur se sometieron a pruebas de ADN junto con otros ocho activistas concebidos mediante donación de esperma; entre los diez, cuatro resultaron tener el mismo donante.
